Frente a casa vivían dos amigos y a la derecha, sobre la misma manzana donde estaba mi casa, otro. Uno de esos al que le vendieron el cuento de: "no sos gordo, tenés los huesos grandes".
En esos tiempos vivía casi todo el tiempo afuera de casa. Nos dedicábamos básicamente a joder a la gente.
Poníamos petardos en los buzones de cartas de las iglesias, apuntábamos a un pastor con lasers desde la terraza mientras predicaba (en las dos manzanas habían cuatro iglesias), tirábamos ladrillos en los techos (dio...), bombitas a los autos - porque la gente era muy amarga -, Sebastián iba al supermercado de la esquina y apretaba las uvas... entre otras tantas cosas que son incontables.
Sebastián era hermano de Andrés, ambos vivían enfrente, y al lado de casa vivía Adrián.
Adrián era literalmente el chismoso. Una vez juntamos frutos de los árboles de la vereda en cantidades para atacar a algún auto que cruzase. Era muy simple: Andrés se ponía del lado de la calle, yo lo apuntaba, él se agachaba y el remisero se comía todas las frutitas.
Todo salió bien, el remisero frenó y Adrián dijo: "yo no voy a correr".
Se quedó quieto y nos delató, el tipo de todas maneras se fue nomás. A partir de ese momento Adrián quedó marcado como el anciano.
Una vez fui para lo Sebastián, estaba lloviendo, ibamos a jugar ajedrez - siempre me ganaban -, pero me dijo que fuéramos hasta una radio a entregar unas cartas.
Por aquel tiempo había un programa de radio que "contactaba" gente bajo apódos - "caballero de la noche" - y esas giladas, se enviaban cartitas pelotudas con poesía y retiraban las cartas en la radio o en otro local de la ciudad.
Íbamos por la calle y cuando cruzaba alguien girábamos el paraguas para que los mojase. Una vez que llegamos Sebastián retiró sus cartas y entregó otras dos, pero se llevó varias de otros.
Mientras volvíamos, íbamos leyendo la sarta de estupideces que se decían y luego las tirábamos a la basura. Como corresponde.
En ese momento se nos ocurrió escribir cartas en nombre de Adrián, con el seudónimo "corazón de melón" y otra con otro apodo: "corazón caliente".
Lo describimos tal cual era: "Soy corazón de melón, peso 100 kg, soy tímido y tengo 11 años".
Continuará...
martes, 10 de mayo de 2011
jueves, 5 de mayo de 2011
Me acordé de algunas cosas... (Parte 1)
Hasta hace un tiempo no solía recordar nada, vivía en mi cabeza casi todo el tiempo, delirando, inventando cosas o girando en torno a conceptos una y otra vez. Extrañamente, luego de lograr cierta estabilidad hormonal, empecé a cambiar y me acordé de algunas cosas y de personas que no veo hace al menos ocho o siete años.
Cuando era chico era bastante inocente en muchos aspectos, de alguna manera la religión se había encargado de dibujar cosas difíciles de tolerar para cualquier ser humano: La muerte.
Recuerdo cuando falleció mi abuelo materno y mi abuela paterna:
Estaban ahí tirados, gélidos y en proceso de descomposición. Mi hermana - menor que yo - tocaba la cara de mi abuela y le abría los ojos, como si fuese un juguete. Obviamente no entendía lo que ocurría.
La ceremonia clásica ocurrió en ambos casos, seguida de un acto religioso, y ambos cadáveres a la tierra. Mis primos lloraban, pero yo no. No sentía nada.
No sé si me sentía de esa manera porque no los conocía en profundidad, si consideraba el sufrimiento un acto de egoísmo por algo que a mí me podría faltar cuando el de la desdicha es el muerto - no siempre, pero por lo gral sí - o si lo consideraba "un caso perdido".
Es un tema que nunca logro cerrar. Sobre todo teniendo en cuenta que "morir" con el tiempo será algo "evitable".
Cuando era chico era bastante inocente en muchos aspectos, de alguna manera la religión se había encargado de dibujar cosas difíciles de tolerar para cualquier ser humano: La muerte.
Recuerdo cuando falleció mi abuelo materno y mi abuela paterna:
Estaban ahí tirados, gélidos y en proceso de descomposición. Mi hermana - menor que yo - tocaba la cara de mi abuela y le abría los ojos, como si fuese un juguete. Obviamente no entendía lo que ocurría.
La ceremonia clásica ocurrió en ambos casos, seguida de un acto religioso, y ambos cadáveres a la tierra. Mis primos lloraban, pero yo no. No sentía nada.
No sé si me sentía de esa manera porque no los conocía en profundidad, si consideraba el sufrimiento un acto de egoísmo por algo que a mí me podría faltar cuando el de la desdicha es el muerto - no siempre, pero por lo gral sí - o si lo consideraba "un caso perdido".
Es un tema que nunca logro cerrar. Sobre todo teniendo en cuenta que "morir" con el tiempo será algo "evitable".
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